
Actualmente podría decirse que en casi todas las grandes ciudades, el espacio público ha pasado de ser el lugar de encuentro y socialización, a transformarse en uno de simple tránsito entre uno y otro punto de la ciudad; su diseño parece más orientado a optimizar los flujos de producción de un sistema que gira en torno a valores netamente económicos, que a satisfacer los deseos de bienestar y recreación de los ciudadanos.
No puede ocurrir lo mismo con nuestras ciudades, que insertadas en un país con elevadísimos niveles de violencia y sinsentido, necesitan de un lugar que, como lo es el espacio público, opere –así sea sólo a niveles mediáticos- como escenario para representar y visualizar las diferencias y los conflictos, crear nuevas formas de configuración y práctica espacial, negociar los límites entre Estado, ciudadanos y empresa privada, medir la capacidad de sus gobernantes y, en definitiva, para la construcción de un sentido colectivo que hasta hace pocos años, parecía haberse perdido para siempre.
No puede ocurrir lo mismo con nuestras ciudades, que insertadas en un país con elevadísimos niveles de violencia y sinsentido, necesitan de un lugar que, como lo es el espacio público, opere –así sea sólo a niveles mediáticos- como escenario para representar y visualizar las diferencias y los conflictos, crear nuevas formas de configuración y práctica espacial, negociar los límites entre Estado, ciudadanos y empresa privada, medir la capacidad de sus gobernantes y, en definitiva, para la construcción de un sentido colectivo que hasta hace pocos años, parecía haberse perdido para siempre.
(Lo público como espacio del sentido)
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